Hace unas décadas los Legionarios de Cristo estaban celebrando un encuentro en Filadelfia.
Mientras un ministro ocupaba la tribuna, entre el público, uno de los asistentes comenzó a sufrir una crisis de asfixia.
Poco después, el mismo problema se manifestó en varias personas más, quienes acabarían en el hospital con episodios de sofocación, mareos y vómitos.
El incidente puso en alerta a las autoridades médicas y policíacas de Filadelfia, que al investigar descubrieron que el causante de tanto daño había sido una bacteria microscópica.
El organismo se había cultivado en las paredes del hotel del encuentro y se coló a la sala de conferencias a través de los ductos del aire acondicionado.
La muerte de uno de los legionarios, puso en la lista de preocupaciones un problema bastante generalizado en nuestros días: los edificios enfermos.
Los ductos de ventilación son un peligro potencial en el 30% de los edificios con sistemas de aire acondicionado y en todos aquellos que no lo tienen.
Son el caldo de cultivo para toda variedad de parientes de la bacteria que puso en aprietos a los legionarios, a la que, por cierto, acabarían bautizando como la legionella.
Si un espacio de trabajo está situado dentro de un edificio enfermo, el contagio puede afectar gravemente la productividad, según lo establece la propia Organización Mundial de la Salud.
Los problemas van desde dolores de cabeza, irritación de ojos, nariz y garganta, dificultades para respirar, fatiga y sonmolencia, hasta anormalidades en la piel, problemas para mantener la concentración o incluso alteraciones de la conducta.
Como toda enfermedad, la de los edificios también tiene cura. Hay que limpiar y renovar los sistemas de ventilación y en México hay 3,600 empresas que se dedican a ello.
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